Historias de familia: El perdón Recibido

Historias de familia: El perdón Recibido

Historias de familia del Don de Dios: Por favor describa alguna ocasión en la que haya necesitado del perdón de un familiar

Cuando tenía 17 años, me sentía perdido y muy confundido. Me salí de la casa de mis padres a los 17 años. Comencé a tomar y a drogarme. Le faltaba el respeto a mi familia. Me fui por el mal camino. Me sentía muy avergonzado y deje de ver a mi familia por mucho tiempo. Me sentía solo conforme pasaba el tiempo y los extrañaba mucho. Un día le pedí al Señor que me perdonara y que me diera la fortaleza para contactarlos y que me ayudara a rectificar mi vida. No quería seguir siendo la misma persona. Necesitaba sentirme parte de mi familia una vez más. Los contacte, les pedí perdón y les pedí que me aceptaran de nuevo. Les dije lo mucho que los amaba y cuánto los había extrañado y les prometí que buscaría ayuda. Asistí a rehabilitación para mi adicción a las drogas y a terapia, y recuperé mi vida. Ahora soy muy apegado a  mi familia. He criado a cuatro hijos y tengo seis nietos. Les digo a mis hijos que los amo inmensamente. No importa lo que hagan, yo siempre estaré presente en sus vidas.
—L.S., Colorado Springs, CO

Fue durante la noche de mi graduación de la escuela intermedia. Mis abuelos vinieron a la ciudad para asistir a mi graduación. Me pidieron que nos tomáramos una foto juntos después de la ceremonia y yo hice un comentario sarcástico. Después supe que mi comentario hizo llorar a mi abuelo. Tuve un sentimiento terrible. Admiro tanto a mis abuelos. Fue entonces que me di cuenta del poder que tienen las palabras y cuánto pueden lastimar a las personas que más amamos. No fue sino hasta que me convertí en adulto que tuve el valor de pedirle perdón a mi abuelo. Me recibió con los brazos abiertos como siempre lo había hecho. Me dijo que se le había olvidado el incidente y que no sabía que yo supe que había llorado. Me dio un fuerte abrazo y los dos comenzamos a llorar.
—M.Q., Visalia, CA


Un miembro muy querido y cercano de mi familia fue asesinado por una pandilla de nueve jóvenes varones hace una década. Pasé por una etapa muy dura lidiando con el asesinato, tanto mental como emocionalmente. Mi ser querido era una persona católica devota y asistía a misa todos los días. Todos los niños de la familia la veíamos como una santa en la tierra. El hecho de que alguien pudiera matar a una persona tan “santa” me perturbó mucho y me fue difícil de entender. ¿Cómo Dios podía permitir que una niña fiel pudiera ser víctima de esta terrible crueldad?

Mi médico me refirió a consejería para ayudarme en el proceso. Resultó que mi consejero / terapista era un católico devoto. Me ayudó a lidiar con el dolor, la perdida, la tragedia y los sentimientos de impotencia e incredulidad. Después de un año de terapia (consejería), empecé a darme cuenta que mi ser querido no estaba sufriendo. De hecho estaba en el cielo con Dios, nuestro Padre, y muy feliz. Fue alrededor de ese tiempo que empecé a tratar de perdonar a los que la lastimaron. No fue nada fácil hacerlo. Sentía conflicto al saber que Dios esperaba el perdón de mi parte pero en mi corazón sentía que este asesinato era imperdonable. ¿Cómo podría perdonar tal crimen hacia mi familia? Después de rezar mucho, comencé a ofrecer mi trabajo voluntario a CASA (Court Appointed Special Advocate por sus siglas en inglés) para trabajar con niños cuyos padres los han abusado o abandonado. Presencié la manera en que la mayoría de estos niños han sido abandonados para prácticamente criarse por sí solos desde una edad muy temprana. Estos niños han pasado momentos muy duros. Comencé a ver a los nueve jóvenes que asesinaron a mi ser querido de una manera distinta. Comencé a sentir que tal vez pudieron haber sido abusados y abandonados sin el cuidado de nadie. Tal vez nunca nadie les habló sobre Dios y todo lo que puede hacer por nosotros.

Con el tiempo, comencé a perdonar poco a poco cada día.  
—Sharon, Alexandria, LA

Durante mi último año en la secundaria y mi primer año en la universidad, cuestionaba a fondo mi fe. Salía con un chico que era mormón. A él le gustaba compartir sobre su fe conmigo y yo iba a la iglesia con él la mayoría de los fines de semana que regresaba a casa. No lo veía muy seguido cuando empecé la universidad pero continué yendo a la iglesia LDS (mormona) del campus universitario. Incluso fui a las sesiones necesarias para hacer la conversión y empezar a hacer planes para mi bautismo. Un fin de semana que regrese a casa, mi madre y yo visitamos la casa de mi novio para que mi mamá pudiera hablar con ellos sobre lo que sucedía. No tenía el corazón de decirle que estaba considerando convertirme a la fe mormona porque ella es muy firme sobre su fe católica. Le rompí el corazón cuando se enteró; las dos lloramos. No sabía qué hacer. Me criaron como católica y fui a una escuela primaria católica. También acababa de hacer mi Confirmación en mi penúltimo año en la secundaria. Después de llorar mucho y hablarlo, le dije a mi madre que lo pensaría y que rezaría sobre el asunto sin tomar ninguna acción. Decidí dejar de asistir a la iglesia LDS por un tiempo.
Después de las vacaciones de Navidad, tenía un nueva compañera de cuarto que era nueva en nuestra universidad. Era católica y tenía mucha apertura para escucharme sobre todo lo que pasaba. Nunca me juzgó lo cual fue maravilloso. Nunca me presionó para ir con ella a la iglesia aunque terminé haciéndolo. Al final del mes de febrero de ese año, la directora de servicios para jóvenes de mi parroquia, me invitó a regresar y ayudarle en el retiro de Confirmación. Ella no sabía nada de lo que pasaba. Pensé que sería una estupenda oportunidad para alejarme de todo y solo reflexionar y rezar. Si alguna vez encontraría una respuesta, sería esa semana. Fui al retiro y la pase muy bien con amigos que no veía desde hacía tiempo y que habían regresado para ser los líderes. Definitivamente encontré la respuesta durante el fin de semana sobre hacia qué dirección tenía que seguir. La respuesta llegó en la forma de otro chico. Después de hablar sobre todo y nada toda la noche, sabía que tenía la respuesta que había estado buscando. Todos los pensamientos de convertirme en mormona se fueron de mi mente.

A pesar de que nunca le pedí perdón directamente a mi madre por todo lo que la hice pasar, me lo concedió. Me sentí terrible por lo que la hice pasar. Después de esa experiencia, regreso cada año para apoyar en el retiro de la Confirmación y ser líder de un grupo pequeño junto con mi marido, el chico del retiro. Un año después nos casamos. Siempre he sido cercana a mi madre y me siento muy feliz al saber que me apoyó sin importar que le rompía el corazón. No sé lo que habría hecho sin su apoyo y su perdón.
—B.N., Indianapolis, IN

No crecí en un hogar feliz. Debido a la manera en que nuestros padres nos trataron, no le hable a dos de mis hermanos durante 10 años. Un día mientras comía con mi marido y mi hijo de 9 años, mi hermano se acercó a la mesa y se agachó para darme un beso en la mejilla. Intercambiamos los números de teléfono y mi hijo finalmente pudo conocer a sus abuelos, a su tío y a su tía por primera vez. Le pedí perdón por haber guardado rencor durante tanto tiempo.
—Y.P., Cleveland, OH

Un mañana reciente mi hijo de 20 años me preguntó si había hablado con su abuela. Ella y yo habíamos tenido una discusión durante el fin de semana y mi hijo quería saber si habíamos hecho las pases, para lo que tuve que responder que no. Dijo que no era correcto que me molestara con una persona en respuesta porque esa persona se molestó conmigo primero. Me hizo reflexionar al respecto y darme cuenta que tenía razón. La perdoné y le llamé. Mi hijo dulce y misericordioso me enseño una lección que nunca olvidaré.
—Michelle Gourley, Barnegat, NJ

Me embaracé cuando tenía 19 años. Definitivamente fue un accidente y al poco tiempo tuve un aborto. Después del aborto me sentí totalmente avergonzada. Se lo oculté a mi familia y me alejé de la Iglesia. Me destrozó por completo y me deprimí profundamente. Después de unos cuatro años no pude más. Todo empezó cuando fui con mi familia a la iglesia el Día de las Madres. Mi hermana tenía unos seis meses de embarazo. Cuando rezamos por las madres, empecé a llorar desesperadamente porque sentía al Espíritu Santo. Ese día finalmente confesé el secreto a mi familia. Sigo impresionada con lo comprensivos, maravillosos y misericordiosos que han sido. Su apoyo me ha dado fortaleza para recuperarme de mi depresión y seguir adelante con mi vida.
—Anónimo