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Cuatro maneras de responder a la gracia

Mientras trata de vivir en un día ocupado—alistar a los niños para la escuela, pagar los cobros de las utilidades, preparar la cena, cambiar el aceite del auto o arreglar el jardín— considere esto: en medio de sus preocupaciones está invitado a participar en la vida divina.

Quizá le parecerá algo exagerado, pero no es así. El Catecismo de la Iglesia Católica define la gracia como “una participación en la vida de Dios”. Dado que Dios derrama su gracia sobre nosotros a cada momento, según nuestra situación, Dios nos invita diariamente y en cada momento a compartir su vida divina.

Sabemos lo que significa participar en la vida de los demás. Las personas casadas se hacen parte de esta experiencia y, unidas por el amor, se comprometen el uno con el otro, “en las buenas y en las malas”. Los padres de familia participan en una vida mutua cuando, llenos de asombro y regocijo, se dan cuenta de que una nueva vida viene en camino. La vida familiar es precisamente eso, una participación en la vida de los demás, que en su mejor momento, está llena de gracia.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice también que la gracia es una ayuda gratuita e inmerecida. A pesar de que no podemos ganar gracia, depende de nosotros el reconocerla y abrirnos a ella:

Pida lo que necesite
En la oración que Jesús nos enseñó, pedimos el pan de cada día, el perdón y su guía para que ilumine nuestro caminar. Es posible que usted quiera pedir la gracia de un mejor trato con una persona de su trabajo con la que es muy difícil lidiar. También puede pedir la gracia de ser más amable cuando su hijo o hija le pregunte: “¿Por qué?”, por millonésima ocasión. No le dé miedo pedir.

Al pedir, no se obsesione
Esté dispuesto a renunciar a sus propios intereses y ábrase a la gracia que Dios le ofrece. No le entregue su lista a Dios mientras le dice: “Aquí están mis ideas y espero que las cumplas”. Recuerde: “Hágase tu voluntad…”

Vea la manera en que Dios le responde
A menudo la gracia divina llega a nosotros por caminos sorprendentes. Mediante la oración y la apertura a la manifestación de Dios, aprenderá a reconocer la acción divina en su propia vida. La gratitud y el deseo de dar a los demás es uno de los signos más certeros de la gracia de Dios.

¡Transmítalo a los demás!
Cuando nos amamos unos a otros, transmitimos la vida divina. Dado que hemos sido bendecidos, también podemos bendecir a otras personas en nuestra familia, trabajo y comunidad. Habiendo sido perdonados, podemos perdonar a los demás. Habiendo sido fortalecidos, podemos compartir nuestra fortaleza. La gracia no se nos da para que la arrumbemos y guardemos. La finalidad de esta gracia es transformar la vida. Es un regalo perenne.