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La Cuaresma después del Miércoles de Ceniza

Hace unos años aproveché mi hora del almuerzo para ir a la parroquia vecina para recibir la ceniza al iniciar la Cuaresma. Por la tarde, de vuelta en el periódico donde trabajaba, cuando mis compañeros de trabajo se acercaban a mi oficina para pedirme algo, se fijaban en la cruz sobre mi frente e inevitablemente decían: "¡Oh, eres católico!"

La verdad es que ser católico no era algo que había anunciado a toda mi empresa. No lo había hecho por respeto a los demás ya que, como periodistas, se nos pedía que comunicáramos las noticias de una forma equilibrada, sin prejuicios. Como la religión es algo que a menudo lleva a discusiones, nuestra afiliación religiosa era algo que tratábamos con delicadeza.

Aún así, no creo que mi catolicismo alarmara a nadie en la oficina. No es que yo viviera mi vida en contra de mi fe, pero ese día me hizo pensar: ¿Qué hago para demostrar mis creencias? ¿Deberían los demás reconocer mi fe por mis acciones y obras?

El Miércoles de Ceniza, con su obvia señal de fe en nuestras frentes, no es algo típico de los católicos. No es típico en el sentido de que Mateo 6:16-18 dice que no debemos quejarnos ni jactarnos públicamente de nuestra penitencia. Debemos lavarnos el rostro y confiar que Dios verá nuestras buenas obras, incluso aquellas que realizamos a escondidas. Debemos llevar nuestra cruz con valentía y gracia.

Todos tenemos una cruz que cargar, unas más pesadas que otras. Puede parecer que nuestro vecino la tiene más fácil que nosotros: siempre está contento, o su jardín está siempre precioso o su carro limpio. Pero nadie puede escapar de los problemas y tristezas de esta vida. A lo mejor es que nuestro vecino “se ha lavado la cruz de la frente” y carga con su cruz en silencio.

¿Qué puedes hacer esta Cuaresma para demostrar tu amor por Dios y tu deseo de compartir de la cruz que su Hijo cargó por nosotros? Tú puedes tomar la cruz de cada día y hacerlo con fe, esperanza y amor.

La Cuaresma es tiempo de cargar con nuestra cruz. Una forma de hacerlo es mediante las tradiciones cuaresmales de la oración, penitencia y dar limosna. Estas disciplinas pueden vivirse de diferentes maneras a lo largo de nuestros ocupados días.

Piensa en los pasos que dio Jesús de camino al Calvario. Pon tu hombro bajo la cruz—la de Jesús, la tuya y la de los demás—. Hazlo confiando en que Dios reconocerá tu dedicación y que, paradójicamente, no hay mayor satisfacción o recompensa.

Cargando con la cruz estos 40 días

Los sociólogos dicen que se tarda 28 días en cambiar un hábito. La Cuaresma nos pide que cambiemos algo más que un hábito. Se nos invita a que cambiemos nuestras prioridades y el punto de referencia de nuestra vida. A lo mejor es por eso que la Cuaresma dura 40 días y que se celebra cada año.

Hay otras razones por las que el camino cuaresmal dura 40 días. A lo largo de la Biblia, el número “40” tiene un significado especial, que indica el tiempo que pasa entre acontecimientos importantes; el diluvio universal, de la historia de Noé, duró 40 días y 40 noches; Moisés pasó 40 días y 40 noches con Dios en el monte Sinaí; el pueblo hebreo pasó 40 años en el desierto, de camino a la Tierra Prometida tras haber sido liberado de la esclavitud; Jonás le dio a la ciudad de Nínive un plazo de 40 días para que se arrepintiera; y Jesús ayunó durante 40 días y 40 noches en el desierto.

Nuestro periodo de preparación cuaresmal es parecido al de Jesús, preparándose para su ministerio. Pasamos 40 días ayunando, orando y dando limosna. “La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto”, dice el Catecismo de la Iglesia Católica (540). Nos llama a ser representantes de Jesús hoy, viviendo activamente nuestra fe, incluso cuando nos hemos lavado las cenizas de la frente, incluso cuando nadie nos está mirando.

de Encontrando a Dios: boletín para padres de familia, volumen 4.