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Las aguas del Bautismo

Una de mis imágenes favoritas de la Biblia aparece justamente al principio. Es precisamente en el momento anterior a la creación, cuando el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. En ese relato de la creación encontramos a un Dios que es un artesano cuya materia prima es el caos, y que de ese vacío caótico crea todo cuando existe, incluso a ti y a mí.

Las aguas caóticas del vacío constituyen una evocación de las aguas del Bautismo, sacramento que es inmensamente rico en significado. De este torrente de agua, por el poder de Dios viene la luz, la vida, la identidad y el sentido de la vida. A partir de ese vacío somos creados y formados, llamados por nombre y sellados con la imagen de Dios. El bautismo es la respuesta de Dios a nuestros miedos y sin sentidos más profundos. Y esa respuesta es precisamente la creación, la vida y la afirmación contundente de que es bueno todo lo que Dios ha creado.

De igual manera cuando un niño viene a este mundo y sostenemos ese precioso milagro en nuestras manos, preguntándonos cómo puede ser posible que confiemos lo que más amamos a los caprichos de este mundo, conducimos a nuestro hijo a las aguas del bautismo. Ahí, frente a nuestros ojos, se desenvuelve una vez más la gran obra de la creación y Dios, que creó todo cuanto existe, sopla sobre nuestro hijo(a). Reunidos en torno a las aguas bautismales, podemos ver claramente que todo lo que Dios ha creado es bueno. Que en verdad, es sumamente bueno.