Santa Bernardita de Soubirous 1844–1879

16 de abril

  

A veces es difícil decir la verdad. Pero es especialmente difícil cuando nadie ve las cosas de la misma manera que tú.

Tal vez un amigo tiene un gran problema. Tú sabes que hay algo más que los adultos no saben, pero nadie te presta atención porque dicen que eres solo un niño. Piensan que eres demasiado joven para ver y entender.

Probablemente te sientes muy frustrado. Es difícil seguir diciendo la verdad y no retroceder cuando otras personas simplemente no pueden ver la historia completa.

Tal vez la historia de santa Bernardita te podría ayudar. Ella era solo una niña pequeña cuando vio algo maravilloso y dijo la verdad sobre lo que había visto. Al principio casi nadie le creyó y las personas incluso les hacían la vida difícil a ella y a su familia a causa de lo que había dicho que había visto. Pero Bernardita nunca retrocedió y la verdad que contó ha ayudado a millones de personas, incluso a personas que viven hoy en día.

La vida de Bernardita no fue fácil desde el principio. Ella y su familia vivían en una terrible pobreza en una aldea de Francia llamada Lourdes. Para cuando Bernardita tenía catorce años, había estado enferma tantas veces que no había crecido de forma apropiada. Tenía el tamaño de una niña mucho más pequeña. Ella, sus papás, y sus hermanos y hermanas más pequeños vivían en una pequeña habitación en la parte trasera de la casa particular de otra persona, en un edificio que de hecho había sido una cárcel muchos años antes.

Dormían en tres camas: una para los papás, una para los niños y otra para las niñas. Cada noche batallaban con ratas y ratones. Cada mañana, se levantaban y se paraban sobre el piso frío de piedra, se

vestían con ropa que había sido remendada tantas veces que habían perdido la cuenta. Cada día, tenían la esperanza de que el trabajo que pudieran encontrar les diera pan suficiente como para vivir ese día.

La vida de Bernardita era terriblemente difícil, pero no era una niña desdichada. Ella tenía una simple pero profunda fe en Dios. No le importaba hacer las tareas que tenía que hacer, ya sea ayudando a su madre a cocinar o cuidando a sus hermanos más pequeños. Sin embargo, había algo que sí le molestaba. No había podido ir a la escuela con frecuencia y no sabía leer. Por esa razón, nunca había aprendido lo suficiente sobre su fe como para poder recibir la Primera Comunión. Bernardita quería recibir a Jesús en

la Eucaristía, pero sus días estaban llenos de trabajo duro y no le dejaba tiempo para aprender.

Como otras niñas, Bernardita tenía muchos amigos. Y pasaba tiempo con ellos en el campo, jugando y recogiendo leña para las estufas y chimeneas de sus familias. Un día frío de febrero, Bernardita había salido con su hermana y una amiga para hacer justamente eso. Anduvieron por la orilla del río hasta que llegaron a un lugar donde se había formado una cueva grande pero poco profunda, que se llama una gruta, en una colina a la orilla del río. La hermana de Bernardita y su amiga decidieron quitarse los zapatos y cruzar el río.

Como ella era tan enfermiza, Bernardita sabía que su mamá se enfadaría si ella metía sus piernas delgadas en el agua helada, así que se quedó atrás. Pero después de unos minutos, se cansó de esperar a que regresaran sus compañeras. Entonces se quitó las medias y también cruzó el río.

Lo que pasó después fue muy extraño. Los arbustos que crecían en las paredes de la gruta empezaron a moverse como si soplara un viento fuerte. Bernardita miró hacia arriba. Muy alto, dentro de la gruta, había una niña.

La niña vestía un vestido blanco y largo con una cinta azul y un velo blanco. Había rosas amarillas a sus pies y sostenía en las manos un rosario. Le hizo señas a Bernardita y le extendió los brazos.

Bernardita tenía miedo, por supuesto, pero no era la clase de miedo que la hiciera querer huir. Permaneció donde estaba y se arrodilló. Metió la mano en el bolsillo de su vestido remendado,

encontró su propio rosario y empezó a rezar con la niña. Cuando terminó de rezar, la niña desapareció.

Bernardita no sabía a quién o qué había visto. Lo único que sabía era que su visión la había hecho sentir feliz y le había dado mucha paz. De regreso a Lourdes, les contó a su hermana y su amiga lo que había pasado y pronto todo el pueblo también lo sabía.

Durante las siguientes semanas, Bernardita volvió a la gruta y vio a la preciosa niña varias veces. Cada vez que iba, más personas la acompañaban. Y aunque solo Bernardita podía ver a la niña de blanco, cuando los otros aldeanos rezaban con ella en la gruta, también sentían alegría y paz. Los que estaban enfermos incluso sentían que Dios los había sanado mientras rezaban.

Durante esos momentos en la gruta, la niña le habló a Bernardita solo en pocas ocasiones. Le dijo que un manantial puro y cristalino fluía bajo las rocas. Le dijo que las personas necesitaban arrepentirse de sus pecados. Y casi al final, la niña dijo algo más: “yo soy la Inmaculada Concepción”.

Bernardita no tenía idea de qué significaba esto. Ella se lo repitió a sí misma una y otra vez de regreso a su pueblo para no olvidar esas largas y extrañas palabras. Cuando le dijo al sacerdote de su parroquia lo que la niña le había dicho, este se sorprendió mucho.

El sacerdote sabía que lo que la misteriosa niña había dicho significaba que era María, la madre de Jesús. La niña misteriosa de la gruta le había dicho a Bernardita quién era. Pero no era muy común que las personas, en especial las niñas pobres que no sabían leer, pensaran en María como la Inmaculada Concepción, una frase que nos recuerda cómo Dios libró a María del pecado aun antes de que naciera.

Cuando Bernardita les dijo a las personas lo que la niña le había dicho, convenció a muchas personas de que no había inventado la historia y que lo que había visto realmente era un mensaje de Dios.

Pero no todos le creyeron. Bernardita tuvo que contar su historia una y otra vez, a veces a líderes su pueblo y de la Iglesia, que no eran muy amables con ella y con su familia.

Hoy, millones de personas van a Lourdes cada año, a la gruta donde Bernardita vio a María. Van a rezar. Van a lavar su cuerpo enfermo en el manantial que María le señaló a Bernardita. Van a abrir el corazón a Dios, como lo habían hecho María y Bernardita.

Y solo piénsalo: ¡todo esto pasó porque a una niña llamada Bernardita dijo la verdad!

Santa Bernardita dijo la verdad sobre lo que había visto. ¿Por qué crees que las personas no le querían creer? ¿Has tenido alguna vez dificultad para aceptar la verdad?


Tomado de El libro de los santos por Amy Welborn

Image credit: Bernadette Soubirous When A Child by unknown artist, 1858. Public Domain via Wikimedia.